«ZONAS DE CONFORT»

Deseo contarles una historia, para que saquen Uds. también sus propias conclusiones:

Una familia que vivía allá por el principio de los Años 1900, en una casa grande de una hermosa granja, y en una ciudad muy bonita y prolija del sur de Alemania. La familia la constituía: El Padre, la Madre, dos hijos varones de 18 y 15 años, una joven de 13 años y el abuelo de estos jóvenes. La casa era sólida, con un toque de maderas, con sus escaleras, sus enseres y su mobiliario que eran un gusto de la época. Y la pequeña ciudad mantenía ésa misma línea de limpieza, pulcritud y buen gusto. Sus habitaciones eran espaciosas y muy bien iluminadas, por lo que todos disfrutaban de la casa en todos sus aspectos. Estudiaban, trabajaban, pintaban, escribían y comían utilizando todos y cada uno de los espacios de la misma.

Por desgracia para ellos, el abuelo de los jóvenes estaba muy enfermo con graves problemas de salud y de movilidad, por lo que hacía años sus padres lo habían instalado en el cuarto de arriba de la casa, que la llamaban buhardilla.

Ellos llegaron a esta conclusión, pues el abuelo ya tenía problemas de los controles que normalmente tienen las personas sanas, y su estado de salud -inclusive mental y físico- iba en franco deterioro, por lo que, para evitar la problemática de la visión diaria y permanente de atender esa situación, tanto para ellos como para sus amigos y vecinos, decidieron colocarlo en la buhardilla.

Y la vida continuó para ellos dentro de cierta normalidad, asumiendo poco a poco ése estado de situación a través de muchos años. Esto que fue poco a poco convirtiéndose en algo natural: subir, atenderlo, lavarlo, darle de comer, leerle, etc. etc. fue tornándose una rutina cada vez más insertada en la vida de relación entre los miembros del grupo familiar.

Cuando se ocultaba el sol en el horizonte, y comenzaban los preparativos de la cena, solía ocurrir, que mientras estaban todos sentados a la mesa, vivían expectantes a que el Abuelo en determinado momento golpeara con su bastón el piso de la buhardilla, pues ésta estaba justo arriba del comedor, y lo hacía como dando señales que tenía hambre y que quería comer. Como todos esperaban ese momento, el Padre presuroso solía preguntar: ¿A quién le toca hoy subir a darle de comer? Y como siempre, todos se miraban y nadie tomaba la iniciativa, posiblemente cansados de que siempre y todas las noches ocurriese lo mismo. Hasta que finalmente uno de los miembros de la familia, subía y atendía al Abuelo inmediatamente.

Así como el tiempo transcurría -ese estado de situación- se incorporó a las rutinas de toda la familia, ocupando un lugar en sus actividades, afectos, rutinas, conversaciones, y salidas, a través de los años. Un buen día, apareció alguien en la puerta de la casa que tocó el llamador de la entrada, y saliendo la señora de la casa, preguntó qué es lo que necesitaba. El joven que había llamado a la puerta, deseaba dejarle un aviso que muy cerca de ahí, se inauguraba por primera vez en la ciudad, una hermosa casa para atender y cuidar a las personas mayores y con dificultades físicas y mentales, a efectos de dar a éstos una mejor atención, dedicación y cuidados con médicos y personal especializado, para evitar de que éstas realidades no se conviertan en una situación muy compleja de ser manejada y que llegara a desvirtuar la normalidad y cotidianeidad de los habitantes de la familia. La mujer le dijo que lo iba a consultar con su Esposo. Y que pasara al otro día. Y así fue, al otro día volvió el joven y esperanzado por la respuesta, preguntó que habían decidido, y la Señora le contestó que no iban a trasladar al Abuelo y que se quedaría con ellos en la Casa. Por lo que el joven, se fue pensando por qué no entendía esa respuesta. 

A esta altura, sería bueno preguntarse: ¿Qué hubiera significado trasladar al Abuelo a ese lugar?  ¿No piensan que ellos deberían cambiar sus comportamientos, y que no deseaban hacerlo, pues era más fácil seguir conviviendo con ese estado de situación, que tener que comportarse de otra manera entre ellos, otros diálogos, otros temas, otras necesidades, otras preguntas y otras respuestas, otras vivencias, pues ya no estaba más el Abuelo, que justificaba sus comportamientos? 

¿Piensan que en la naturaleza de las personas la modificación de los comportamientos, rutinas, creencias, valores, paradigmas, -en muchos casos- puede llegar a ser declamatorio? ¿Es de prever que las zonas de confort son tan poderosas, que neutralizan y abortan hasta necesidades imprescindibles y necesarias, por el temor a lo que significa el hecho de “cambiar comportamientos” y el “precio” que uno supuestamente debe pagar?  

¿No todos estamos dispuestos o Sí?

Consultora SARDI y equipo.

Gracias por el aporte.-